ALL-ARQUITECTURA.MX

#weareall

Fernanda Escárcega Ch.

 

“Novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día, […]

la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos

y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,

la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos,

la ciudad que despierta cada cien años y se mira en el espejo de una palabra

y no se reconoce

y otra vez se echa a dormir”

 Quizás no sea una condición exclusiva de Ciudad de México, pero sin duda, en ésta, las ruinas enterradas, los escombros y los ecos de otros tiempos brotan constantemente. La construcción de una época sobre la otra, de un estilo sobre el anterior, uno y otro régimen impuesto a lo que fue, han conformado un peculiar paisaje que es uno y varios y, a veces, nada de lo que pensamos.

Detrás de la Catedral Metropolitana, a unos metros del Zócalo –núcleo histórico, social y político de la ciudad–, está una calle, apenas un tramo en el que se concentran más de 690 años de existencia, cada día con su historia: La República de Guatemala.

En 1325, los aztecas llegaron al llamado Valle de México y comenzaron un urbanismo lacustre y valiente con el que fundarían, sobre un lago, “una ciudad tan improbable como las que imaginaba Italo Calvino en Las Ciudades Invisibles” –relata Gonzalo Celorio (México Ciudad Futura). Tenochtitlán, una ciudad anfibia, contaba con impresionantes obras hidráulicas que separaban el agua salada de la dulce, controlaban las inundaciones y permitían la movilidad de sus habitantes. De las 3 calzadas que comunicaban el centro con las poblaciones aledañas una salía del Templo Mayor con dirección al poniente, hacia el señorío de Tlacopan.

Llegaron los españoles. La imposición simbólica por la que se asentaron sobre la zona y los edificios mexicas suele dejar de lado la necedad a la que también se sometió a la naturaleza del lugar. Además de construir iglesias sobre los templos y solares sobre los antiguos palacios, las aguas se forzaron tierras. Los canales se desecaron y, según el trazo del alarife Alonso García Bravo –a quien más adelante se le encomendarían Veracruz y Oaxaca–, se ejecutó una ciudad terrestre en cuadrángulos que partían de la recién bautizada “Plaza Mayor”.

La zona devastada tras la caída de Tenochtitlán.

En la construcción de la nueva urbe, al norponiente de dicha plaza, se instalaron la Placeta del Marqués, un conjunto de solares de familias importantes, las escuelas de danza y las tiendas de tañedores –fabricantes de instrumentos musicales–. Entre estos recintos, la calzada que originalmente salía rumbo a Tlacopan (ahora Tacuba) fue conservada. Algunos registros cuentan que la calle, incorporada a la Nueva España, fue nombrada Escalerillas; otros, Empedradillo. La razón –y el sufijo de diminutivo o poca importancia– se comparten para uno u otro nombre: Las inundaciones levantaban el empedrado y la calle se mantenía espesa de fango; para hacerla transitable, la solución se encontró en instalar escaleras que sortearan el lodo y dieran acceso a los edificios del rededor.

 

Así se mantuvo por años.

 

En 1721 la construcción de la Catedral ya había avanzado. Sobre un Juego de Pelota enterrado, precisamente al margen de la calle de las Escalerillas, se erigió la Capilla de las Ánimas, obra de Pedro de Arrieta, de quien se habían construido ya la antigua Basílica de Guadalupe y la Iglesia de La Profesa, y se construiría, unos años después, el Palacio de la Inquisición.

Dos siglos habían pasado. Ya la ciudad era otra. La misma, pero diferente. Otros templos, otros objetos rituales, otros sacrificios… otras formas. Piedras del arruinado Tenochtitlán se levantaban ahora en edificios barrocos y neoclásicos, resucitaban entremezcladas con tezontle, basalto y cantera. De la mano, la Nueva España y sus habitantes, se fueron transformando. Trescientos años en total.  Sobre una sociedad de castas, vino a imponerse una jerarquía distinta. Los sueños de cambio de unos, se hicieron realidad en otros. El periodo de la Colonia terminó y la ciudad amaneció a un México independiente.

Mapa de México de 1720.

Para finales de los 1800, el ahogado lago de Texcoco y la naturaleza acuosa del lugar seguirían luchando por liberarse, fue entonces cuando al ingeniero Enrico Martínez –Heinrich Martin por su origen alemán– se le asignó la tarea de acabar con las inundaciones que azoraban a la población del centro. Hoy, a unos metros de la antigua Escalerillas, al norponiente del Zócalo, es posible reconocer al personaje erigido en piedra.

Una época más pasó y, para la celebración del centenario de la Independencia, en 1921, se formó un comité de organización del que formaría parte José Vasconcelos. Entre sus propuestas, se rebautizaron algunas calles del centro con nombres de naciones latinoamericanas: República de Cuba, República de Chile, República de Uruguay República de El Salvador, Nicaragua, Paraguay, Honduras, Ecuador, Perú y, por supuesto, ya bien pavimentada, la República de Guatemala. Éstas habían sido las primeras en reconocer el triunfo del gobierno revolucionario y, el agradecimiento quedaría escrito en una de las zonas más importante del país y de su historia.

Aunque desde 1917, el arqueólogo Manuel Gamio ya había realizado las primeras exploraciones de los restos de la ciudad prehispánica, no fue hasta 1978, cuando un grupo de trabajadores de Luz y Fuerza se toparon con la piedra de la Coyolxauhqui –monolito de 8.5 toneladas y 3.25 metros de diámetro–, que se iniciaron las excavaciones formales.

Tras una polémica discusión sobre el derecho de destruir lo actual en pro de lo anterior, fueron derribados 13 edificios del s. XIX e inicios del XX, los tramos confluyentes de las calles Seminario, República de Argentina y República de Guatemala desaparecieron para dar lugar a las ruinas de los antiguos aztecas.

Bajo la guía de Eduardo Matos Moctezuma se descubrieron cerca de 17 cuerpos arquitectónicos. El estudio del Templo Mayor reveló una condición permanente: transcurrimos en la superposición –como naciones y sociedades, pero también individualmente–. Siete etapas constructivas habían quedado guardadas, medio arruinadas, bajo 500 años más de historia. De la primera, del s. XIV, no se encontraron rastros; sobre la segunda, de Acampichtli, Huitzilihuitl y Chimalpopoca, se construyó el reinado de Itzcóatl; sobre éste, el periodo de Moctezuma I y Axayácatl; luego Tizoc, cubierto por Ahuizótl y así dos niveles más hasta el señorío vencido por los españoles.

La zona arqueológica quedó abierta, medio reconstruida, y se creó un museo para exhibir la riqueza de objetos encontrados en el proceso. Desde entonces, la calle República de Guatemala quedó partida en dos: un tramo del Templo Mayor al oriente, hasta Circunvalación; y hacia el poniente, del Templo Mayor hasta donde inicia la calle de Tacuba.

Sobre este último tramo, de apenas unos 200 metros, es posible señalar la incidencia –y convivencia– de incontables momentos de la historia: cuántos juegos de pelota de Tenochtitlán quedaron bajo los rezos coloniales en la Capilla de las Ánimas; cuántos pasos sobre el adoquín (o concreto estampado), antes mal logrado empedrado que luchó contra las aguas del lago que, alguna vez, se cruzó en cuántas canoas. Más reciente, el simbólico enfrentamiento entre el Centro Cultural de España (#18) y el Gran Tzompantli (#24) descubierto en 2016.

Épocas, gobiernos e ideologías se asientan en la materialidad de los edificios, la historia se escribe también con el movimiento de las ciudades. Diez metros se ha hundido el Centro Histórico, y es como si el peso de estos días, fueran empujando lo antiguo hacia la superficie. Uno y otro vestigio siguen brotando de lo que fue antes, se excava para levantar la novedad y se descubre el pasado: leyendas, tradiciones, cráneos, agua, estructuras completas.

 

“hablo del gran rumor que viene del fondo de los tiempos, murmullo incoherente de naciones que

se juntan o dispersan, rodar de multitudes y sus armas como peñascos que se despeñan,  sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la historia, […]

hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora,

 nos inventa y nos olvida”


[1] Imagen de la Gran Capital, Enciclopedia de México S.A. de C.V, Almacenes para los trabajadores del Departamento del Distrito Federal, Ciudad de México, 1985

[2] México Ciudad Futura, Alberto Kalach editor, editorial rm, Ciudad de México, 2010

[3] “Hablo de la ciudad”, Octavio Paz

 

 

Leave a Reply