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#weareall

El espacio público: un lugar para encontrar al otro.

Fernanda Escárcega Ch.

¿Quién vive en la casa de enfrente?

¿A qué se dedica la mujer que has visto a dos puertas de la tuya?

¿Qué música escucha el chico que sale todas las noches a pasear a su perro?

¿Y la del coche rojo que te encuentras cada mañana?

¿Cómo estuvo el día de la señora de la tienda?

 

Como cohabitantes del mismo espacio podríamos saber más, ser más cercanos, quizá ser amigos de las personas cuyos rostros y rutinas se han vuelto parte de las nuestras; sin embargo, la velocidad de nuestras actividades y la desconfianza que nubla el encuentro con cualquier desconocido se han vuelto obstáculos invisibles –y por ende infranqueables– para el contacto con el otro.

En estos tiempos las relaciones sociales más estables son las que se mantienen con los compañeros de trabajo. Con la familia convivimos en fechas específicas y las interacciones con los amigos más cercanos van migrando del espacio físico al espacio virtual.

Vivimos vidas super individualizadas en una ciudad acelerada y sobrepoblada de gente que no conocemos ni nos conoce, de la que únicamente sabemos el miedo y la desconfianza que compartimos. Esta sensación de inseguridad y violencia afecta a la ciudad en tres niveles: tiempo, porque hay horas en las que ciertas zonas se consideran peligrosas; espacio, porque hay lugares inaccesibles que son focos rojos las 24 horas del día, y ciudadanía, porque en estas circunstancias la adscripción a una comunidad se vuelve muy complicada: la desconfianza obstaculiza la creación de lazos y empatía con el otro y sin coincidencias, se pierde el sentido de lo colectivo.1

Un cambio es necesario, el camino podría estar en la ciudad y su diseño.

La historia de una ciudad –dice Jordi Borja, urbanista español– es representada por su espacio público. Las relaciones sociales entre sus habitantes, la relaciones de poder y las formas de vivir, son materializadas y expresadas en la conformación de sus espacios de encuentro ciudadano.2

Actualmente, la mayoría de las ciudades, con sus plazas comerciales, enormes vialidades e insuficientes áreas verdes, demuestran una concepción individualista y motorizada de las prácticas de vida. Social y territorialmente se da una segmentación de clases y los lugares de recreación se abocan predominantemente al consumo.

¿Cómo combatir la inseguridad y recuperar la ciudad?, ¿cómo salir de nosotros y acercarnos al otro?

Podría ser un partido de futbol, una obra de teatro, salir a correr juntos por la mañana. Muchos han planteado el valor de las actividades deportivas y culturales como escapes a la rutina y generadores de bienestar físico y social. El primer paso es el diseño de proyectos adecuados a las condiciones de cada lugar.

Dice Fernando Carrión que los espacios públicos son lugares de integración social, de encuentro y de alteridad; lugares de simbiosis donde las relaciones se diversifican y la diferencia se respeta. Aunado a lo simbiótico, el investigador argentino, asigna al espacio el valor de lo cívico: en el espacio público se forma ciudadanía.3

Si hablamos de ciudadanía, es inevitable hablar de la planeación urbana y de las decisiones de las autoridades involucradas. Un espacio de libre acceso que, mediante su diseño invite a relacionarnos con el otro en actividades deportivas, artísticas o culturales debería ser central, no residual, en la organización y planeación de la ciudad.

Cada zona tendrá problemáticas y distribuciones particulares. Altos niveles de delincuencia, falta de áreas verdes, alfuencia víal sobrepasada… En algunas la situación es más grave que en otras, pero entrar en contacto con el colectivo y poner una pausa a la velocidad es fundamental en todas.

Canchas, foros, ecoparques, peatonalización de calles, rehabilitación de monumentos… Ejecutar –construir o rehabilitar– no basta, también está la necesidad de habitar, de apropiar y cuidar. Cualquier espacio pasa a ser un lugar mediante la acción de los individuos que, a través del uso cotidiano lo humanizan y llenan de significados.4

Si dejamos de temerle al espacio público y al que es diferente, si vamos más allá de las clases y los grupos sociales, podemos cambiar las cosas. Desde el nivel más cercano –con los vecinos y la gente con la que intercambiamos todos los días–, tomarnos el tiempo para dar voz e historia a los desconocidos significará la diferencia. Nuestra calle, la cancha de fut o el parque más cercano son lugares donde empezar.

 

1 Carrión, Fernando. 2016. Espacio público: punto de partida para la alteridad. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso-Ecuador
2 Borja, Jordi. 2000. Laberintos urbanos en América latina. Espacio Público y ciudadania. Quito, Abi-yala
3 Carrión, Fernando. 2016. Espacio público: punto de partida para la alteridad. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso-Ecuador
4 Ortiz, A. 2006. Uso de los espacios públicos y construcción del sentido de pertenencia de sus habitantes en Barcelona. En Lindon, Lugares e imaginarios en la metropolis. Barcelona, Anthopos

 

 

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