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Fernanda Escárcega Ch.

 

Para su serie Autoconstrucción, el artista Abraham Cruzvillegas cuenta: “Durante los primeros veinte años de mi vida presencié la construcción lenta de la casa donde vivía mi familia; todos participamos en ese proceso”.

Una casa, para cualquier persona, de cualquier nivel socioeconómico, significa el espacio donde dar y recibir afectos, resolver conflictos y tomar una identidad tanto individual como colectiva. Dado que las condiciones económicas varían, el proceso para hacerse de dicho espacio también es distinto. Hay quienes contratan el diseño arquitectónico de la casa y luego, el de los interiores; están quienes logran un préstamo bancario y compran una casa o departamento con una disposición y estilo ya definido; pero también están quienes, como Abraham Cruzvillegas, llevan a cabo el proceso de construcción desde cero, resolviendo necesidades específicas, según se pueda, con sus propias manos.

De acuerdo con datos del INEGI (2015), 24% de las viviendas del país son autoconstruidas; según el Centro de Innovación para la Vivienda (CIV) la cifra se eleva al 64% (Baltazar Georgina, 2020). Más se dice desde lo cualitativo que desde lo cuantitativo. El fenómeno de la autoconstrucción es –como cualquier fenómeno humano– muy complejo.

El artista habla de haber vivido 20 años de la lenta construcción de una casa –en sus palabras– definitivamente inacabada; hay quienes dan hasta 30 años como tiempo de conclusión del espacio doméstico familiar. Décadas en las que todos los miembros participan con recursos y esfuerzo físico para nivelar, plantar castillos y levantar muros. Los lazos familiares y comunitarios se reafirman o estrechan durante todo ese tiempo. Los mayores vierten su propia experiencia en el proceso de diseño y construcción. Los jóvenes cargan el cemento o la piedra. Los fines de semana se viven construyendo. Reuniones familiares y festejos tienen lugar en la casa aún haciéndose.

La habitación de estos espacios inicia mucho antes de que esté estrictamente terminado. De hecho, parecería que no se acaba nunca, las varillas y los niveles superpuestos son muestra de que la casa acompaña los cambios y el crecimiento de la familia, como un edificio vivo que responde a las capacidades y necesidades de sus habitantes.

Dice Cruzvillegas que para su casa, en la colonia Ajusco, en los pedregales de Coyoacán, “Los materiales y los métodos usados fueron casi completamente improvisados y dependían de las circunstancias específicas de nuestro entorno inmediato, uno de inestabilidad social y económica generalizada”.

Además del valor simbólico y familiar que tiene el proceso de la autoconstrucción, está el factor económico, por supuesto. La idea de que la mano de obra no se paga, de que el diseño no es necesario y que el gasto en materiales se va haciendo según se puede, genera la sensación de control y la (no necesariamente real) percepción de ahorro. Sin embargo, hay un gran peso en el valor humano. Por un lado, una casa, pensada y construida por la misma familia, responde directamente a necesidades concretas, a proyecciones claras; es un espacio cimentado en la organización y el esfuerzo, pero también un retrato fiel del desarrollo y consolidación de la familia. Por otro lado, las redes comunitarias, los lazos familiares y la solidaridad vecinal, reafirmados en el proceso de construcción, activan un esquema de cooperación que da certezas ante la inestabilidad social y económica que menciona Cruz Villegas.

Abraham Cruzvillegas: The Autoconstrucción Suites | Walker Art Center, Minneapolis

“Por haber sido construida sin presupuesto y sin voluntad arquitectónica, actualmente la casa aparece caótica y casi inútil. Sin embargo, cada detalle y cada esquina tiene una razón de ser, de estar allí. La casa es un auténtico laberinto pulido por la pátina simultánea de la construcción, el uso y la destrucción”, cuenta el artista.

Y sí, en la autoconstrucción queda el reflejo de la historia y la identidad individual y familiar de sus habitantes, pero también, a veces, se manifiestan los peligros de las decisiones y cambios que –en manos propias, no expertas– se toman desde el inicio y con el pasar de los años. Esas decisiones que carecen del conocimimento de requerimientos técnicos básicos que garanticen la eficiencia y seguridad de la construcción.

Tanto en la parte de durabilidad y seguridad como en la parte de optimización de recursos, el desconocimiento y la falta de planeación experta puede afectar a los habitantes pues aunque la idea de que el proceso auto gestionado y autorealizado es más barato, se ha calculado que la vivienda se encarece hasta en un 50% y que al menos 30% de lo que se invierte en materiales se desperdicia (Baltazar Georgina, 2020). Las consecuencias de una mala estructura, se han visto especialmente en los casos de desastres naturales. En el sismo del 19 de septiembre de 2017, un gran número de casas dañadas fueron las autoconstruidas.

La colaboración, asesoría o supervisión de arquitectos profesionales sería, sin duda, valiosa y es, claramente, necesaria. Sin embargo, cualquier acercamiento habría de partir de la comprensión del valor humano –y no sólo material– del proceso de construcción y, así, plantear un trabajo conjunto, horizontal y constante, en el que se entienda de la importancia del papel activo y central de los habitantes.

Hay que reconocer que el conocimiento experto de las estructuras, la disposición ideal, las medidas de seguridad, funcionalidad, etcétera, pueden edificar una casa, pero no bastan para construir un hogar. Nociones de estética, medidas de seguridad, administración de recursos, son conceptos que varían y para satisfacer necesidades, expectativas y estándares bilateralmente, tendrían que definirse en cada caso.

La autoconstrucción –concluye Abraham Cruzvillegas– “debe ser vista como un proceso cálido en el que la solidaridad entre vecinos y familiares es muy importante. Es una colaboración en la que se comparte el capital y también es un entorno educativo y enriquecedor para que cualquier individuo que forma parte de una comunidad pueda entender su propia circunstancia”.

Entrar en ese proceso, por lo tanto, implica más que solo un quehacer profesional, implica entender la circunstancia de los otros e –idealmente– incorporar los significados familiares, tender lazos e, incluso, hacerse parte de la historia de vida de la familia.

 

Fuentes:

Abraham Cruzvillegas: Autoconstrucción, Art21 “Extended Play”: https://youtu.be/C-3JWhmgkQ4

Abraham Cruzvillegas, Autoconstrucción, Haus der Kunst: https://youtu.be/Tpamo0V4hO4

Abraham Cruzvillegas, Autoconstrucción, Museo Jumex: https://www.fundacionjumex.org/es/exposiciones/17-abraham-cruzvillegas-autoconstruccion

Baltazar Georgina, “Los verdaderos costos de la autoconstrucción” en Obras Expansión, 12 de mayo de 2020

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