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Fernanda Escárcega Ch.

 

La ciudad está viva. Respira, se expande, se revuelve, se eleva… su transformación es constante. Todo el tiempo en movimiento, a merced de dos fuerzas en tensión permanente: los usuarios y habitantes, por un lado; los planes y obras político-urbanas, por el otro.

Aun cuando es fácil que pase desapercibido por la cotidianidad y la velocidad de los ritmos de vida, cualquier cambio en la estructura urbana requiere un proceso muy complejo en el que se debe –o debería– considerar no sólo el para qué y el cómo, sino también que habrá una inmensidad de posibles efectos en el entorno.

¿Qué pasa con el intento de modificar los espacios y las actividades de un lugar que ya es?, ¿cómo juegan las acciones tomadas sobre el curso natural de una zona que ya existe?, ¿qué sucede con proyectos como la peatonalización y diversificación de funciones de una calle, en medio del Centro Histórico, de una de las ciudades más grandes del mundo?

Para comentarlo, tomaremos el caso de la calle de Regina, que en 2001, como parte de un plan de desarrollo del centro de la ciudad, vivó una serie de transformaciones que, a 20 años, parecen estar muy lejos del objetivo inicial.

 

Centro Histórico, planes urbanos y transformación

En 1977, en el contexto de una apenas incipiente explosión urbana, se llevó a cabo un coloquio para discutir la necesidad y las formas de preservación de los centros históricos. En dicho evento, se les definió como “todos aquellos asentamientos humanos vivos, fuertemente condicionados por una estructura física proveniente del pasado, reconocibles como representativos de la evolución de un pueblo. Como tales se comprenden tanto asentamientos que se mantienen íntegros, desde aldeas a ciudades, como aquellos que a causa de su crecimiento constituyen hoy parte o partes de una estructura mayor.” Los asistentes al coloquio señalaron también que el valor de los centros históricos, por sí mismos y por el acervo monumental que contienen, es cultural pero también económico y social. [1]

En México, tres años después, el Centro Histórico de la Ciudad de México se decretó zona de monumentos históricos, y para 1987, fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

Retomando dichos antecedentes, el Plan Estratégico para el Desarrollo Integral del Centro Histórico de la Ciudad de México propuso un programa para la regeneración del centro. A partir del 2001, con una combinación de recursos públicos y capital privado, se tomaron acciones en pro de la creación de espacios –al menos en teoría– de vivienda media y de interés social y de la diversificación de actividades en la zona. Parte de la estrategia consideró peatonalización de ciertos pasajes, la refuncionalización de inmuebles y el impulso de espacios artísticos y culturales que hicieran contrapeso a los negocios comerciales y mediaran entre el turismo, la población flotante y los habitantes. Esto último era –según el plan– el punto nuclear de las medidas.

En el cuadrante de Regina la refuncionalización de inmuebles se ha dado desde hace siglos. En la década de los 70, la Universidad del Claustro de Sor Juana se instauró en el Convento de San Jerónimo; el templo de San Agustín ha sido colegio, biblioteca y, en tiempos recientes, museo de la UNAM; el convento de Regina Coeli, que es ahora un asilo, fue antes cuartel, hospital, oficina de la SEP y archivo; en el templo de San Felipe Neri se instaló, también en los 70, la Biblioteca Lerdo de Tejada.

La antigua sede de Casa Vecina sobre el corredor de Regina.

Con la puesta en marcha del plan de 2001, antiguos y bellísimos edificios de vivienda de la calle de Regina, se abrieron a oficinas y estudios privados, locales comerciales y organizaciones artísticas y culturales. Ejemplo de estas fueron Casa Vecina, el Centro Cultural ALIAC y Casa Mesones, quienes llegaron con la consigna de ser espacios para de vinculación para los grupos que convergían en la zona.

Con la peatonalización de ésta y algunas otras calles del centro y con la apertura de cafés, bares y restaurantes se atrajeron turistas y gente joven. Estos se sumaron a la población flotante que trabajaba allí y, por supuesto, a los residentes –la mayoría, anteriores al plan–. Diversas funciones, diferentes personas habitándola, un entorno inclusivo.

Así se pensó y así sucedió durante algunos años.

Jimena Muñoz –de All Arquitectura– nos cuenta que lo que más disfrutaba de trabajar ahí era “la rutina propia de la zona con sus cafeterías, restaurantes, espacios de discusión o intervención de artistas”. Para Alejandro Guardado, “lo que más me gustaba era la arquitectura, el movimiento peatonal de la calle y cómo cambiaba durante el día, además de las diferentes opciones de café”; a Rodrigo Guardado también le gustaban “los cafés variados y la gente variopinta que deambulaba por el lugar. La diversidad de opciones y personas era un gran aspecto del corredor”.

Con el tiempo los comercios fueron ampliándose hacia la calle, los bares –y locales con oferta ilegal de bebidas alcohólicas– se volvieron el mejor negocio y de la idea de corredor artístico cultural que integrara a diferentes poblaciones, poco quedó. Conforme el ruido y los precios subieron, los habitantes originales, las oficinas y organizaciones que buscaban la idea de corredor cultural se fueron de allí.

Fotografía: Eduardo Ugalde

“Por la accesibilidad y la peatonalización se generaron múltiples negocios que fomentaron el crecimiento económico; sin embargo no se controló el giro –cuenta Josemaria Quintanilla de All–. No se controló y se crearon muchos bares y restaurantes que acabaron por volver la calle caótica”. “Y no es que en sí los bares sean un problema, sino más bien la poca regulación que hay en la venta de bebidas alcohólicas, el volúmen de la música y los horarios. Pero sí, al incrementarse la cantidad de bares y de negocios irregulares dejó de ser una zona apta para todos, el público se fue volviendo solo de un tipo” –recuerda Jimena Muñoz.

El plan del 2001, pendiendo de un delicado equilibrio urbano, económico y social desde el inicio, terminó por caer y quedar olvidado entre los pasos de cientos de ambulantes, las mesas, bocinas y anuncios de los bares que tomaron control de casi la totalidad de la calle. Regina continuó su transformación ya fuera de cualquier plan o espíritu inicial, en manos de lo que resultó –aparentemente– más redituable.

 

¿Qué fue lo que pasó?

Como en todo lo que toca al espacio y vida pública, por un lado, la política. Estrategias y programas que de un periodo a otro quedan abandonados y esfuerzos que cambian de dirección continuamente. Si para inicios de los 2000, el foco se puso en la recuperación del centro de la ciudad, para 2006, los recursos y las políticas ya estarían en otros cuadrantes. Sin una supervisión cuidadosa y un control real, es fácil que los intereses de negocio acaben por superponerse a todo lo demás.

Por otro lado, o más bien, en un nivel distinto pero paralelo, la ciudad. La planificación sobre un organismo vivo, que respira, se expande, se revuelve, tan cambiante como la cantidad de fuezas que confluyen en él, es compleja. Sus resultados, no siempre calculables.

En casos como el de Regina, la combinación de edificios, suelos, habitantes y visitantes hacen prácticamente imposible instaurar un orden permanente. Sin embargo, hay formas de crear contrapesos que abonen al equilibrio y la conservación de los entornos urbanos –especialmente importante si hablamos de estructuras de valor histórico, catalogadas como patrimonio de humanidad–. Anota Antonio Carmona O’Reilly que para evitar la congestión y contribuir a la conservación de estos, hay que evitar la monofuncionalidad y para ello fomentar el comercio, la cultura y el turismo, siempre incluyendo la vivienda (Carmona 2014). Esta diversidad de funciones y usuarios tendría que balancear y contribuir al orden; sin embargo, también implica una gestión compleja e incrementa la tensión entre las partes.

Así es que, de la mano de la plurifuncionalidad está –o tendría que estar– la participación de la organización civil. En cualquier lugar, los vecinos e insitituciones sin intereses comerciales pueden vincularse y fungir como entidad regulatoria de los usos y las transformaciones del espacio público. Siendo los residentes los principales interesados en el mantenimiento del mobiliario, el orden y la seguridad, son ellos quienes pueden –siempre que las autoridades cumplan dándoles legitimidad y audiencia– asegurar el cuidado y la calidad de vida.

“Se podría haber mantenido el corredor cultural, con una mejor organización vecinal y propuestas de todos los que habitábamos el espacio. Nos tocaba supervisar que se llevaran a cabo las mejoras y, al menos nosotros, como arquitectos, podríamos haber brindado panoramas al resto de los vecinos, proponer y realizar ideas todos, en conjunto, para llegar un fin común. Conocer a nuestros vecinos para conformar una comunidad y sumar fuerzas” –Alejandro Guardado.

Entonces, ¿qué pasa con el intento de modificar los espacios y las actividades de un lugar que está vivo?, ¿cómo juegan las acciones tomadas sobre el curso natural del ritmo de la ciudad y el tiempo?, ¿qué sucede con proyectos como la peatonalización y diversificación de funciones de una calle, en medio del Centro Histórico, de una de las ciudades más grandes del mundo?

De acuerdo con Carmona O’Reilly, “en el caso de los centros históricos, la revitalización debe potenciar y fortalecer el patrimonio cultural, priorizando la calidad y la autenticidad sobre lo turístico y escenográfico. Se debe pensar en la inclusión y no en la segregación, con la participación activa de los propios residentes.” (2014: p. 37) Pero todo esto –la revitalización arquitectónica, económica y habitacional–, en un centro que tiene que respetar los inmuebles, que requiere inversión para recuperar y habilitar los espacios, que implica la conciliación con los habitantes originales y la creación de nuevas dinámicas, tanto de poblaciones flotantes como residentes… requiere de esfuerzos y compromisos permanentes –de todas las partes involucradas– pues conforma una ecuación con variables cuyo valor es tan dinámico como lo es un día cualquiera Regina, Madero, 5 de Mayo o Tacuba.


Sergio Antonio Carmona O’Reilly (2014) Enclave artístico y cultural de Regina. Un estudio socio-espacial, CDMX: UAM Azcapotzalco

Alejandro Brauer y Sergio Andrade (2019) “Regina: la calle peatonal que no se puede caminar”, Zoon Peatón, Animal Político

[1] Conclusiones del Coloquio sobre la Preservación de los Centros Históricos ante el Crecimiento de las Ciudades Contemporáneas, Proyecto Regional de Patrimonio Cultural, UNESCO/PNUD, Quito, Ecuador, 1977.

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