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Fernanda Escárcega Ch.

 

[Presentación A: En All Arquitectura sabemos que en México hay muchos lugares increíbles. Interesados en abrir caminos hacia otras ciudades, viajamos a Mérida. En este artículo les contamos un poco de las maravillas que encontramos.]

Rodeada de ruinas maravillosas, cenotes y playas bellísimas, con un bagaje cultural que se hace notar en cada esquina y un nivel de desarrollo urbano que se mantiene en equilibrio con la tranquilidad cotidiana, Mérida ha ido destacando en el país como la ciudad perfecta para quienes buscan un plan –o una inversión– inteligente.

Para explicar el presente de Mérida es necesario explorar un poco la historia y el proceso de sincretismo que, a través del tiempo, la consolidó como una de las grandes ciudades de México.

Anterior al siglo XVI, toda la región de la península estuvo habitada por distintos grupos de poblaciones mayas. Estos –unidos por una lengua más o menos en común– se desarrollaron, abrieron caminos, se enfrentaron unos con otros y mantuvieron un grado de estabilidad. Así hasta que los conquistadores, cerca del año 1540, alcanzaron el territorio y abrieron otra veta en la historia.

Fue la familia De Montejo –Francisco, su hijo y su sobrino– la que se hizo del control de la zona y, con sus victorias, fundó las poblaciones más importantes: Campeche, Mérida y Valladolid. Trescientos años de Colonia pasaron con la imposición española sobre los pobladores originales y la paulatina gestación de una clase social auténtica y, aun, lejana del resto del virreinato. Con la Independencia se detonaron una serie de sucesos que hicieron emerger la fuerza y el carácter de la península –en general– y de su capital –en particular–.

Ya en el México independiente Yucatán vivió dos intentos de separación, dos subsecuentes reincorporaciones, la Guerra de Castas y, su época más rica y más cruel a la vez, el esplendor henequenero. Alrededor de la explotación de la fibra del henequén, se fundaron muchísimas haciendas. Éstas generaron recursos que hicieron crecer la economía de la región y, a la vez, impulsaron el desarrollo de la infraestructura urbana. Relativamente aislada del resto del país, la península forjó su identidad al interior, pero también en contacto con otras naciones con las que estableció rutas de comercio marítimo.

Desde su fundación por parte de los españoles –y en honor a la ciudad española de Extremadura– Mérida fue distinguida como “la ciudad blanca”. Sobre la razón de ello hay diferentes versiones.  Está la que apunta al material con que se levantaron las casas de los nuevos habitantes, la piedra caliza; está también la que lo atribuye a la limpieza de sus calles y al color de las guayaberas y huipiles que se volvieron la vestimenta típica; otra –quizá la más probable– cuenta que se debió a que Mérida fue una ciudad pensada para una población exclusivamente blanca que mantuviera lejos el riesgo del mestizaje o de algún ataque maya.

Haya sido una u otra, hoy, a casi 500 años de su creación, la mezcla de personas, tradiciones e historias ha sido inevitable y ha devenido en un resultado extraordinario que, lejos de mantenerse monocromático, dio vida a una paleta de colores que se hacen presentes en los muros de sus casas, pero también en los platos de su cocina y en los trajes de sus bailes.

Toda una postal: Un domingo en el zócalo, caminando, después de comer una sopa de lima y un trío de panuchos, con una marquesita en la mano. Mujeres vestidas con vestidos de flores bordadas y hombres de sombrero y pantalón blanco.

Sí, sí eso, pero hay mucho más.

Si bien el lugar de Mérida como destino turístico se ha mantenido a través del tiempo, para los últimos años –y en contraste con el resto del país– ha sobresalido como uno de los lugares más seguros y estables en temas económicos.

Aunado al desarrollo como polo de negocios y servicios, la bonanza económica ha permitido el crecimiento inmobiliario hacia zonas aledañas como Progreso, donde las casas, además de nuevas, responden a un estilo de vida que convive con la playa y la urbanización más convencional.

Los más jóvenes buscan asentarse en desarrollos actuales y las casas de sus padres y abuelos van quedando deshabitadas. Este movimiento, de las colonias originales del centro de la ciudad hacia otras más recientes, en los márgenes, ha dejado disponible una variedad de propiedades –grandes, de increíbles estilos arquitectónicos–.

Todo un proyecto: Una casa vieja. El frente angosto pero varios metros de profundidad. Las puertas de madera están bien conservadas, el mosaico original también. Doble altura. En el patio trasero hay una pileta cubierta por las hojas de los árboles altísimos que le dan sombra…

Mientras unos migran en busca de nuevos suelos y costumbres, otros llegan y redescubren el valor de cada lugar. En 1542, los españoles llegaron a construir Mérida sobre los vestigios de la ciudad maya T’Hó. Hoy, en 2020, las calles del centro original podrían recibir nuevos habitantes que lleguen a revivirlas y redescubran el valor de una vida tranquila, citadina, en medio de la riqueza cultural –la seguridad y estabilidad– que ha derivado de la historia yucateca

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