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Fernanda Escárcega Ch.

 

Al pensar en paisaje, inmediatamente viene a la cabeza la imagen de un horizonte idílico, una pradera verde con espigas meciéndose a la frescura del viento, de una amplitud iluminada tan extensa que no puede sino despertar un sentimiento de libertad. La idea de paisaje podría llevar también a la obra pictórica de artistas como José María Velasco, dibujando el imaginario de una época del Valle de México; Dr. Atl, quien plasmó con sus colores la fuerza de los cerros, el movimiento de los cielos y el vigor de los volcanes o Luis Nishizawa, que expresó en sus pinturas la calma que inspira el panorama natural.

Hasta ahora hemos hablado de espacios naturales, amplios, en calma, donde circula el sentimiento de frescura y libertad. Nada más lejano del pasaje cotidiano en las ciudades. Nada más lejano de un viernes a las 7 de la tarde en la avenida 5 de febrero (Querétaro), en la López Mateos (Guadalajara) o en Río Churubusco (Ciudad de México).

Más allá de todas las esperanzas contenidas en la idea de ciudad, en la realidad diaria, sus horizontes se alargan sobre extensas planicies de concreto, en un caos interminable, atiborradas de luces blancas y rojas que acompasan el calor insoportable del suelo irradiante, motores contenidos y cuerpos encerrados.

 

Se dice que en el mundo hay alrededor de mil millones de vehículos funcionando.[1]  En México se tienen registrados 34,444,082 (diciembre 2021) en circulación (INEGI).[2] Una u otra, son cantidades inauditas considerando que la ocupación no alcanza el promedio de 1,2 pasajeros por vehículo o que una persona en coche puede consumir entre 10 y 20 veces más espacio que en transporte público, en bici o caminando –provocando entre 10 y 20 veces más congestión y lentitud–.[3]

Entre los reconocimientos que se le dan a Dr. Atl está la innovación que significaron sus “aeropaisajes”, pinturas que realizó, desde 1948, a partir de vuelos en helicóptero y tomas fotográficas. Imaginar cómo retrataría él una ciudad actual nos obliga a elegir colores grises y trazos pesados formando grandes avenidas, supervías, segundos pisos y estacionamientos repletos de automóviles. Si José María Velasco hubiera pintado el Valle de México en 2022, sus cuadros conformarían un imaginario pavimentado de irregulares cuadrículas en expansión, cúmulos de destellos metálicos y un terminado opaco que evocara las nubes de contaminación. Nishizawa, en su estilo, probablemente elegiría tonos rojos y amarillos para expresar el desorden, la hostilidad y la lentitud que se observa en los paisajes urbanos de hoy.

Es raro. En principio podríamos creer que el protagonismo de una ciudad lo tienen sus habitantes, sus visitantes, esos que establecen una dinámica y un intercambio dentro de lo que ellos mismos van instituyendo como límites. Sin embargo, asomándonos a los cuadros imaginarios de los paisajistas, en la escala más general, las personas no toman ese papel; los automóviles, en cambio, sí lo hacen.

A pesar de que en la historia de las ciudades los cien años que el auto ha fungido como el medio de movilidad masivo marcan en realidad un periodo corto, el impacto que ha tenido en el desarrollo y la transformación urbana es enorme. Como dice Lluís Brau en su artículo “La ciudad del coche”, el ciudadano, que durante siglos había ocupado prioritariamente calles, plazas y cualquier forma de espacio público, con la llegada del Ford T comienza a ser “duramente expulsado del centro de la calle, arrinconado a estrechas aceras y pasos de peatones”.

Robert Moses “The anti-hero”

Para corroborar lo anterior basta con notar tres rasgos de las ciudades. Uno, las colonias y demarcaciones se ordenan según el trazo de la red viaria para vehículos privados motorizados. Dos, la gran necesidad de espacios de estacionamiento, que puede tomar, informalmente, carriles completos en avenidas principales y, por normatividad política-constructiva, el 40% del área de cualquier edificio. Tres, la velocidad y dirección de movimiento de todos –peatones, ciclistas y patinadores– está determinada por el uso del automóvil según los embotellamientos, cruces, pasos a desnivel y semáforos.

Lo paradójico de todo esto –tema que sin duda tocaría la obra de nuestros pintores– es que, a pesar de que entre los valores que más asociamos al coche están la libertad, la velocidad, el progreso y la calidad de vida o estatus, la sobrepoblación vehicular en que hemos caído reduce, no solo las ventajas inicialmente atribuidas a su uso sino, más aun, las de la misma vida en la ciudad.

Largas horas en trayectos cortos, mucho estrés, dependencia del auto para acceder a bienes y servicios, contaminación, padecimientos pulmonares, sobrepeso, reducción de la convivencia en espacios públicos, nulo sentido de comunidad, inseguridad. El impacto del excesivo uso del automóvil se manifiesta negativamente en lo ambiental, en lo social y en lo urbano; parece que el único ámbito en el que genera consecuencias favorables –al menos para unos cuantos– es el económico. Es seguramente por ello que, aun cuando hay un consenso respecto al problema de movilidad en las ciudades, no se ha buscado llegar a una solución real.

La palabra paisaje fácilmente lleva a uno de esos utópicos lugares que fueron pintados por los ya nombrados artistas mexicanos; la palabra ciudad, cada vez más, reúne vistas descoloridas, revueltas, frenéticas, antagonistas del cualquier entorno natural. Sobre este punto, a todos, como habitantes de un mundo con tendencia a la urbanización, nos corresponde reflexionar a dónde vamos; nos toca a todos, desde el ámbito en que nos desarrollemos, proponer un horizonte más sano, equilibrado, libre e incluyente.

 

Fuentes:


[1] Instituto Nacional de Estadística y Geografía.

 

[2] Lluís Brau (2018) “La ciudad del coche” en Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales, Universidad de Barcelona, Biblio3W, vol. XXIII, no 1.235, 2018.

 

[3] Salvador Ramírez (2012) La importancia de reducción del uso del automóvil en México, tendencias de motorización, del uso del automóvil y de sus impactos ITDP, Embajada Británica de México, Instituto de Políticas para el Transporte y Desarrollo México.

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